Me preguntan cuánto se tarda. La respuesta son unas cinco semanas desde la primera conversación hasta la publicación — a veces cuatro, ocasionalmente seis si el material hay que buscarlo en lugar de elegirlo.
Es más rápido de lo que la mayoría espera, y la razón no es que el trabajo sea poco. Es el orden en que ocurre.
Lo que sigue es un caso compuesto, tomado de seis proyectos entregados durante el último año — solistas, un conjunto de cámara, docentes de conservatorio — reunidos en una única línea temporal. No se nombra a ningún cliente, porque la parte útil de este relato es dónde se frena el trabajo, y nadie quiere ver los retrasos de su propio proyecto en una página comercial.
Semanas 1-2: una sola pregunta, y el material
La primera conversación no trata de páginas, colores ni menús. Trata de una pregunta: ¿quién tiene que encontrar este sitio, y qué tiene que poder hacer una vez que llega?
Casi todos llegan con una respuesta que suena bien y no lo es. «Necesito una presencia profesional online.» Eso no es una respuesta, es un deseo. La versión útil es más estrecha y algo incómoda: un director artístico que ha oído mi nombre tiene que poder escucharme tocar en menos de treinta segundos, y un padre que busca clases tiene que saber si acepto principiantes.
Esas dos frases deciden toda la estructura. Una coloca las grabaciones arriba; la otra pone una página de docencia en el menú principal. Un sitio construido sin responder a la pregunta puede ser excelente y fracasar igualmente, porque está organizado alrededor de lo que el músico quiere decir en vez de lo que el visitante vino a averiguar.
Es también el momento en que digo que no a algunas cosas. Un blog que nadie escribirá. Una tienda con dos artículos. Un formulario de suscripción a un boletín que no existe. Cada uno es un compromiso de mantenimiento, y un compromiso que nadie cumple se convierte en descuido visible en menos de un año.
En paralelo, el material. Casi todos me lo hacen llegar en una o dos semanas, y por eso el proyecto cabe en un mes — pero es la parte más propensa a alargarse, y vale la pena entender por qué.
Los músicos tienen cientos de fotografías y ningún criterio para elegir entre ellas. Tiene todo el sentido: has pasado veinte años perfeccionando cómo tocas, no decidiendo cómo te presentas. Seleccionar material promocional sobre uno mismo es otro oficio, y en el conservatorio no lo enseña nadie. Ante trescientas imágenes, la pregunta cuál es la mejor no tiene respuesta — cada una es mejor en un aspecto y peor en otro — y la carpeta sigue cerrada.
Por eso no pido fotografías. Pido tres concretas:
- un retrato, mirada hacia quien mira, para la biografía
- una foto en concierto, con el instrumento y la sala visibles
- una foto trabajando — ensayo, clase, estudio de grabación. La más rara y la más útil, porque es la única que muestra algo que los sitios de los demás no muestran
Tres preguntas, tres respuestas, tres archivos. Con la prensa ocurre lo mismo: no me mandes la reseña, mándame la frase. Lo mejor de una reseña es casi siempre una línea enterrada en el tercer párrafo, y la línea que conviene guardar es la que dice lo que haces, no la que dice lo bueno que eres. «Una interpretación de rara inteligencia» no ayuda a nadie a decidir. «Construyó el primer movimiento como un único arco, sin ceder nunca a la tentación del efecto» le dice a un director artístico qué esperar la noche del concierto.
Semanas 3-5: se construye a la vista
Aquí está la parte que determina de verdad los plazos, y es una decisión de método más que de velocidad.
No desaparezco un mes para volver con un sitio terminado. Construyo sección por sección y te muestro cada una en cuanto está lista — primero la biografía, luego el calendario, luego las grabaciones. Ves la cosa tomar forma mientras cambiarla todavía cuesta poco.
De ahí se siguen dos cosas, y ambas ahorran semanas.
El comentario llega cuando aún sirve. Una corrección en la página de biografía en la tercera semana cuesta una tarde. La misma corrección con el sitio construido y enlazado cuesta días, porque la biografía marca el tono contra el que se escribió todo lo demás. La mayor parte del retraso en los proyectos web no es trabajo: es rehacer, y rehacer viene de enterarse demasiado tarde.
No hay una revelación final. El día de la publicación ya has visto cada página y la has aprobado una vez. Nada es una sorpresa, así que publicar es un trámite en lugar de un momento de tensión. Los proyectos que terminan con una entrega solemne terminan con una larga lista de cambios, porque esa es la única ocasión que le queda al cliente para tener una opinión.
Donde más se nota es en las imágenes de cabecera. Uso una maquetación en la que cada sección se abre con una imagen a todo ancho, y no es decoración: la imagen le dice a quien lee en qué contexto leer lo que viene. La misma página de contacto, bajo una foto de sala de ensayo o bajo una foto de teatro lleno, comunica dos cosas distintas sobre quién eres y sobre qué te están pidiendo.
Es el punto en el que los clientes más intervienen, y hacen bien. Cuando me dices qué imagen abre una sección, estás tomando una decisión de contenido y no de gusto — y es justo que la tomes tú. Ver las secciones a medida que se terminan es precisamente lo que hace posible esa decisión: eliges una imagen para una página que ya puedes leer.
La publicación, y la parte que decide si mereció la pena
El sitio sale en la quinta semana. Entonces aparece la variable de verdad.
Los clientes que nunca aprenden a actualizar su sitio tienen un buen sitio durante unos ocho meses. Después el calendario se queda atrás — y un calendario cuya última fecha es de hace ocho meses comunica inactividad, aunque no sea cierto. Es la única página que responde a dónde puedo escucharlo tocar, y el único contenido con caducidad natural: si se lo deja solo, solo se actualiza en la dirección equivocada.
Lo que los frena no es el software. Es el miedo a romper algo. Ese miedo lleva a releer tres veces, a posponer, a pedir confirmación antes de cada paso — hasta que una actualización de cinco minutos ocupa una tarde, y después de dos tardes así se deja de hacer.
Lo que he visto es que quien supera esa fase gestiona su propio sitio mejor de lo que lo gestionaría yo, porque conoce las fechas y el material meses antes que yo. El paso no se da con un curso: se da haciendo la misma pequeña operación tres o cuatro veces, hasta que deja de parecer peligrosa. Por eso la entrega no es un documento: es hacer juntos la primera actualización, luego la segunda conmigo mirando, y luego ninguna.
Qué mantiene el proyecto en cinco semanas
Dos de estas cosas dependen de ti, una de quien desarrolla.
Responde a la pregunta antes de pedir un presupuesto. ¿Quién tiene que encontrarte, y qué tiene que poder hacer? Dos frases. Cualquier desarrollador que valga la pena te lo preguntará, y los que no lo preguntan son los que conviene evitar.
Elige tres fotografías, no treinta, y una frase por reseña en lugar del texto entero. Si no consigues decidir en una hora, que elija alguien que te haya oído tocar: elegirá mejor que tú, exactamente por la razón de más arriba.
Exige ver el trabajo en curso. No una maqueta al principio y un sitio terminado al final: las secciones reales, según se van completando. Así se evita que un mes se convierta en un trimestre, y funciona con cualquier desarrollador, no solo conmigo.
Si quieres pensar qué necesitaría tu propio sitio, el presupuesto lleva unos diez minutos y la conversación que sigue no se paga. Costes y plazos están detallados en cuánto cuesta el sitio de un músico en 2026.